Arsenio Lupin contra Herlock Sholmes
Arsenio Lupin contra Herlock Sholmes Brillante magnífico, enorme, de una pureza incomparable, y de ese azul indefinido que el agua clara toma del cielo que refleja, de ese azul que se adivina en la blancura de la ropa blanca. Admiraban, se extasiaban… y observaban con terror el dormitorio de la víctima, el lugar donde había yacido el cadáver, el parqué desprovisto de la alfombra ensangrentada y, sobre todo, las paredes, aquellas paredes infranqueables a través de las cuales había pasado la asesina. Se aseguraban de que el mármol de la chimenea no se movía, de que tal o cual moldura del espejo no ocultaba ningún resorte destinado a hacerla girar. Se imaginaban agujeros abiertos, orificios de túneles, comunicaciones con las alcantarillas, con las catacumbas…
La venta del brillante azul tuvo lugar en el chalé Drouot. El gentío se agolpaba allí y la fiebre de las pujas llegaba hasta la locura.
Sin embargo, a los doscientos mil francos los pujadores se desanimaron. A los doscientos cincuenta mil no quedaban más que dos: Herschmann, el célebre financiero, rey de las minas de oro, y la condesa de Crozon, la riquísima americana cuya colección de brillantes y piedras preciosas era célebre.