Arsenio Lupin y la Aguja Hueca
Arsenio Lupin y la Aguja Hueca —De una mujer joven… Un cadáver horriblemente mutilado, dicen en detalle, y cuya identidad serÃa imposible establecer, como no sea porque en el brazo derecho ostenta una pequeña pulsera de oro, muy delgada, que se ha incrustado en la piel tumefacta. Y la señorita Saint-Véran llevaba en el brazo derecho una pulsera de oro. Se trata, por consiguiente, de su desgraciada sobrina, señor conde, que el mar habrá arrastrado hasta allÃ. ¿Qué cree usted, Beautrelet?
—Nada, nada…, o, más bien, sÃ… Todo se eslabona, como usted ve, y no falta nada a su argumentación. Todos los hechos, uno a uno, hasta los más contradictorios, hasta los más desconcertantes, vienen a apoyar la hipótesis que yo imaginé desde el primer momento.
—No comprendo muy bien…
—No tardará usted en comprender. Recuerde que yo le he prometido la verdad completa.
—Pero a mà me parece…
—Un poco de paciencia. Hasta aquÃ, usted no ha tenido motivos de queja contra mÃ. Hace buen tiempo. Paséese usted, almuerce en el castillo, fume su pipa. Yo estaré de regreso hacia las cuatro o las cinco de la tarde. En lo que respecta al instituto…, tanto peor; tomaré el tren de medianoche.
HabÃan llegado a los extremos comunales detrás del castillo. Beautrelet saltó sobre su bicicleta y se alejó.