Arsenio Lupin y la Aguja Hueca

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En Dieppe se detuvo en las oficinas del periódico La Vigié, donde pidió que le enseñaran los números de la última quincena. Luego salió hacia el burgo de Envermeu, situado a dos kilómetros. En Envermeu habló con el alcalde, el cura y el guarda de campo. Sonaron las tres en el reloj de la iglesia del burgo. Su investigación había terminado.

Regresó cantando de alegría. Sus piernas pedaleaban con un ritmo igual y vigoroso, apoyándose alternativamente sobre los dos pedales, y su pecho se abría en toda su capacidad al aire vivo que soplaba del mar. Y a veces el joven se distraía lanzando al cielo clamores de triunfo, pensando en el objetivo que perseguía y en sus afortunados esfuerzos.

Ambrumésy apareció a la vista. Se dejó llevar a toda velocidad por la pendiente que conduce al castillo. Los árboles que bordean el camino en cuádruple alineación secular parecían correr a su encuentro y desvanecerse luego inmediatamente detrás de él. Y de pronto lanzó un grito. En una visión súbita vio tendida una cuerda de un árbol a otro a lo ancho de la carretera.

Al chocar contra la cuerda, la bicicleta se detuvo de repente y el joven fue lanzado hacia adelante con inusitada violencia. Sintió la impresión de que sólo una casualidad afortunada pudo impedir que fuese a caer contra un montón de piedras, donde lógicamente se hubiera roto la cabeza.


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