Arsenio Lupin y la Aguja Hueca
Arsenio Lupin y la Aguja Hueca Permaneció aturdido durante unos segundos. Luego, lleno de contusiones y con las rodillas desolladas, examinó aquellos lugares. A la derecha se extendÃa un pequeño bosque, por donde, sin duda alguna, habÃa huido el agresor. Beautrelet soltó la cuerda. En el árbol de la derecha en torno al cual la cuerda estaba atada habÃa un pequeño papel sujeto con un cordel. Lo desplegó y leyó:
«Tercero y último aviso».
Llegado al castillo, hizo algunas preguntas a los criados y luego fue a reunirse con el juez de instrucción en una estancia de la planta baja, en el último extremo del ala derecha, donde el señor Filleul tenÃa costumbre de permanecer en el curso de sus investigaciones. El señor Filleul estaba escribiendo, con su secretario sentado frente a él. A una señal, el secretario salió de la habitación, y el juez exclamó:
—Pero ¿qué le pasa a usted, señor Beautrelet? Tiene usted las manos sangrando.
—No es nada, no es nada —respondió el joven—. Una sencilla caÃda provocada por esta cuerda que tendieron delante de mi bicicleta. Únicamente le agradecerÃa que observe que tal cuerda proviene del castillo. No hace más de veinte minutos que aún estaba sirviendo para secar ropa colgada en ella cerca del lavadero.
—¿Es posible?