Arsenio Lupin y la Aguja Hueca
Arsenio Lupin y la Aguja Hueca —Señor, es aquà mismo donde se me vigila por alguien que se encuentra en el propio corazón de este lugar, que me ve, que me oye y que, minuto a minuto, asiste a mis actos y conoce mis intenciones.
—¿Cree usted?
—Estoy seguro. A usted le corresponde descubrirlo, y no le costará mucho trabajo. En cuanto a mÃ, quiero terminar esto y darle las explicaciones prometidas. He procedido con mayor rapidez de lo que nuestros adversarios podÃan suponerse, y estoy persuadido de que, por su parte, van a proceder en forma vigorosa. El cÃrculo va cerrándose en torno a mÃ. El peligro se aproxima, tengo el presentimiento de ello.
—Veamos, veamos, Beautrelet…
—Bueno, ya veremos lo que pasa. De momento, procedamos rápidamente. Y, ante todo, una pregunta sobre un punto que quiero dejar de lado en seguida. ¿No le ha hablado usted a nadie de ese documento que el brigadier recogió y que le entregó a usted en mi presencia?
—Mi palabra que no…, a nadie. Pero ¿acaso le concede usted algún valor?
—Un gran valor. Es una idea que tengo, una idea que, por lo demás, lo confieso, no descansa sobre ninguna prueba…, puesto que hasta aquà yo no he conseguido en absoluto descifrar ese documento. AsÃ, pues, le hablo a usted de él… para no volver a tocar más ese punto.