Arsenio Lupin y la Aguja Hueca
Arsenio Lupin y la Aguja Hueca —Son las diez. Si el telegrama llegó, la persona que debe venir no tardará en llegar…
El timbre sonó en el vestÃbulo.
—¿Qué le dije a usted? No, no se moleste…, iré yo mismo.
¿Con quién diablos tendrÃa cita él? ¿A qué escena dramática o cómica iba yo a asistir? Para que el propio Lupin la considerase digna de interés, era preciso que la situación fuese excepcional.
Al cabo de unos instantes regresó, se puso a un lado, dejando paso a un joven delgado, alto y de rostro muy pálido.
Sin pronunciar palabra, con una cierta solemnidad en sus ademanes que me turbaba, Lupin encendió todas las luces eléctricas. La habitación quedó inundada de claridad. Entonces, los dos hombres se miraron profundamente, como si con todo el esfuerzo de sus ojos ardientes trataran de penetrar cada uno de los pensamientos e intenciones del otro. Era un espectáculo impresionante el contemplarlos asÃ, graves y silenciosos. Pero ¿quién podÃa ser aquel recién llegado?
En el mismo momento en que yo estaba a punto de adivinarlo, por la semejanza que ofrecÃa con una fotografÃa de él recientemente publicada, Lupin se volvió hacia mà y dijo:
—Mi querido amigo, le presento al joven Beautrelet.