Arsenio Lupin y la Aguja Hueca
Arsenio Lupin y la Aguja Hueca E inmediatamente, dirigiéndose al joven, agregó:
—Debo agradecerle a usted, señor Beutrelet, ante todo, el haber tenido a bien, de acuerdo con una carta mÃa, el retrasar sus revelaciones hasta después de esta entrevista, y por haberme concedido esta entrevista con tanta generosidad.
Beautrelet sonrió, y respondió:
—Le ruego observe que mi generosidad consiste sobre todo en obedecer sus órdenes. La amenaza que usted me hacÃa en la carta de referencia era tanto más perentoria cuanto que no estaba dirigida a mÃ, sino que apuntaba a mi padre.
—En verdad —contestó Lupin, sonriendo— se obra como se puede, y es preciso servirse de los medios de acción de que se dispone. Yo sabÃa por experiencia que la propia seguridad de usted le era indiferente, puesto que usted ha resistido a los argumentos del señor Brédoux. Quedaba su padre…, su padre a quien usted quiere entrañablemente… Entonces, tiré de esa cuerda…
—Pues aquà estoy —dijo aprobadoramente Beautrelet.
Les rogué que se sentaran. Asà lo hicieron, y Lupin, con ese tono de ironÃa que le es muy propio, declaró:
—En todo caso, señor Beautrelet, si usted no acepta mi agradecimiento, no rechace, cuando menos, mis disculpas.