Arsenio Lupin y la Aguja Hueca
Arsenio Lupin y la Aguja Hueca —¡Disculpas! ¿Y por qué, señor?
—Por la brutalidad de la cual el señor Brédoux dio muestras respecto a usted.
—Confieso que ese acto me sorprendió. No era la forma habitual de proceder de Lupin. Una cuchillada…
—Por tanto, yo no intervine en eso para nada. El señor Brédoux es nuevo en nuestras filas. Mis amigos, durante el tiempo que han tenido la dirección de nuestros asuntos, creyeron que podÃa sernos útil.
—Y sus amigos no estaban equivocados.
—En efecto, Brédoux, a quien habÃan puesto especialmente para seguir a la persona de usted, nos fue de un valor inapreciable. Pero, con ese ardor propio de todo novato que quiere distinguirse, llevó su celo demasiado lejos y actuó contrariamente a mis planes, permitiéndose, por iniciativa propia, herirle a usted.
—¡Oh!, ésa es una pequeña desgracia…
—No, no, de ningún modo, y yo le reprendà severamente. Sin embargo, debo decir en su favor que él fue cogido de sorpresa por la rapidez inesperada de la investigación de usted. Nos hubiera dejado usted unas horas más y usted se hubiera librado de ese atentado imperdonable.
—¿Y entonces hubiera tenido la gran ventaja de sufrir la misma suerte de los señores Ganimard y Sholmes?