Arsenio Lupin y la Aguja Hueca
Arsenio Lupin y la Aguja Hueca —Exactamente —respondió Lupin, riendo con euforia—. Y yo no hubiera sufrido las crueles angustias que la herida de usted me ha causado. Le juro a usted que he pasado, por ello, horas atroces y, todavÃa hoy, vuestra palidez constituye para mà un remordimiento que me tortura.
—La prueba de confianza que usted me da —respondió Beautrelet— al entregarse a mÃ…, pues me hubiera sido fácil haber traÃdo conmigo a algunos amigos de Ganimard…, esa prueba de confianza lo borra todo.
¿Hablaba en serio? Confieso que yo me sentÃa muy desorientado. La lucha entre aquellos dos hombres comenzaba de una forma en la que yo no comprendÃa nada. Yo, que habÃa asistido al primer encuentro de Lupin y Sholmes[1] en el café de la estación Montparnasse, no podÃa impedirme el recordar el porte altivo de los dos combatientes, el espantoso choque de su respectivo orgullo bajo la delicadeza de sus maneras, los duros golpes que se cambiaban, sus fintas, su arrogancia.