Arsenio Lupin y la Aguja Hueca
Arsenio Lupin y la Aguja Hueca Aquà no habÃa nada semejante. Lupin, por su parte, no habÃa cambiado. La misma táctica y la misma afabilidad burlona. Pero ¡a qué extraño adversario tenÃa que enfrentarse! ¿Incluso era verdaderamente un adversario? En realidad, no tenÃa ni el tono ni la apariencia de tal. Muy tranquilo, pero con una tranquilidad real que no ocultaba ni disfrazaba el brÃo de un hombre que se contiene; muy correcto, pero sin exageración; sonriendo, pero sin ironÃa, presentaba, al compararle con Arsenio Lupin, el más completo contraste; tan completo, que Lupin me parecÃa tan desorientado como yo.
No, seguramente Lupin no tenÃa la seguridad de que daba muestras de ordinario, frente a este adolescente frágil, con las mejillas sonrosadas como una muchacha y ojos cándidos y atractivos. En varias ocasiones observé en él rasgos de genialidad. Dudaba, titubeaba, no atacaba abiertamente, perdÃa su tiempo en frases afectadas.
Se hubiera dicho que a él también le faltaba algo. TenÃa el aire de andar a la busca de algo, de esperar. ¿Qué? ¿Qué auxilio?
Llamaron de nuevo a la puerta. El propio Lupin acudió rápidamente a abrir.
Regresó con una carta.
—¿Me permiten ustedes, señores? —nos preguntó.
Abrió la carta. ContenÃa un telegrama. Lo leyó.