Arsenio Lupin y la Aguja Hueca
Arsenio Lupin y la Aguja Hueca Y entonces se produjo en él como una transformación. Su rostro se iluminó, su cuerpo se irguió y vi hincharse las venas de su frente. Era el atleta que aparecía de nuevo, el dominador, seguro de sí mismo, dueño de los acontecimientos y dueño de las personas. Colocó el telegrama sobre la mesa, y, golpeándolo con el puño, gritó:
—Y ahora vamos a vérnoslas usted y yo.
Beautrelet se colocó en postura de escuchar, y Lupin comenzó con voz mesurada, pero seca y voluntariosa:
—Quitémonos las caretas, ¿no es así?, y acabemos con las insulseces hipócritas. Somos dos enemigos que sabemos perfectamente a qué atenernos el uno respecto al otro; y es como enemigos que actuamos el uno hacia el otro y, en consecuencia, como enemigos que vamos a tratar el uno con el otro.
—¿Tratar? —preguntó Beautrelet, sorprendido.
—Sí, tratar. Y no dije esa palabra al azar y la repito, cuésteme lo que me cueste. Y me cuesta mucho. Es la primera vez que la empleo frente a un adversario. Pero también, y se lo digo de inmediato, es la última. Aprovéchese. No saldré de aquí como no sea con una promesa de usted. Si no, es la guerra.
Beautrelet parecía cada vez más sorprendido. Dijo suavemente: