Arsenio Lupin y la Aguja Hueca
Arsenio Lupin y la Aguja Hueca —Es decir, que usted quede libre para robar a su antojo, y yo libre para volver a mis estudios.
—A sus estudios o a lo que usted quiera…, eso no me importa… Pero usted me dejará en paz…
—¿En qué puedo yo turbar su paz?
Lupin le agarró una mano con violencia.
—Usted lo sabe muy bien. No finja que no lo sabe. Usted es actualmente poseedor de un secreto al cual yo atribuyo la mayor importancia. Ese secreto usted tenÃa el derecho de adivinarlo, pero usted no tiene ningún derecho a hacerlo público.
—¿Y está usted seguro de que yo conozco ese secreto?
—Usted lo sabe, estoy seguro de ello; dÃa por dÃa, hora por hora, yo he seguido la marcha de su pensamiento y los adelantos de su investigación. En el mismo instante en que Brédoux le atacó a usted, usted iba a revelarlo todo. Por cariño a su padre, usted ha retrasado sus revelaciones. Pero usted se las ha prometido hoy a este periódico. El artÃculo ya está listo. Dentro de una hora será compuesto. Mañana aparecerá publicado.
—Es exacto.
Lupin se levantó, y, cortando el aire con un ademán de su mano, gritó:
—¡El artÃculo no aparecerá!