Arsenio Lupin y la Aguja Hueca

Arsenio Lupin y la Aguja Hueca

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—Sí aparecerá —replicó Beautrelet, levantándose repentinamente.

Los dos hombres estaban erguidos uno contra otro. Tuve la sensación de un choque, cual si se hubieran lanzado a una lucha cuerpo a cuerpo. Una súbita energía llameaba en Beautrelet. Se hubiera dicho que una chispa había prendido en él nuevos sentimientos de audacia, de amor propio, de voluntad de lucha, de embriaguez de peligro.

En cuanto a Lupin, yo percibía en el resplandor de su mirada su alegría de duelista que cruza su espada con la del rival a quien detesta.

—¿El artículo ya ha sido entregado? —preguntó Lupin.

—Todavía no fue entregado.

—¿Lo tiene usted aquí…, con usted?

—No sería tan tonto como todo eso. Ya no lo tendría entonces…

—¿Así, pues?

—Lo tiene uno de los redactores guardado bajo doble sobre. Si a medianoche no he acudido yo al periódico, lo mandará componer.

—¡Ah!, el pícaro —murmuró Lupin—. Lo ha previsto todo.

Su cólera bullía, visible, aterradora.

Beautrelet sonrió burlón a su vez y embriagado por su triunfo.


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