Arsenio Lupin y la Aguja Hueca
Arsenio Lupin y la Aguja Hueca —¡Cállate, chiquillo! —aulló Lupin—. ¿Acaso no sabes quién soy yo? Y que si yo quisiera…, palabra de honor… ¡Se atreve a reÃr!
Un profundo silencio se interpuso entre ellos. Luego, Lupin se adelantó hacia el joven, y con voz sorda, clavando sus ojos en los de Beautrelet, le dijo:
—Vas a ir corriendo al Grand Journal…
—No.
—Vas a romper tu artÃculo.
—No.
—Le hablarás al redactor jefe.
—No.
—Le dirás que te has equivocado.
—No.
—Y escribirás otro artÃculo, o le darás del asunto la versión oficial, la que todo el mundo ha aceptado.
—No.
Lupin echó mano a una regla de hierro que se encontraba sobre mi escritorio y sin esfuerzo alguno la rompió en dos. Su palidez era aterradora. Se secó las gotas de sudor que brotaban de su frente. A él, que jamás habÃa conocido resistencia a su voluntad, la terquedad de aquel niño le enloquecÃa.
Puso sus manos vigorosamente sobre los hombros de Beautrelet, y le dijo: