Arsenio Lupin y la Aguja Hueca

Arsenio Lupin y la Aguja Hueca

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Una vez más, los dos guardaron silencio, pero con la mirada fija el uno en el otro. Se vigilaban. Era el pesado silencio que precede al golpe mortal. ¿Quién lo recibiría? Lupin murmuró:

—Esta noche, a las tres de la madrugada, salvo aviso mío en contrario, dos de mis amigos tienen orden de penetrar en la habitación de tu padre, apoderarse de él de buen grado o por fuerza, llevárselo y reunirlo a Ganimard y a Herlock Sholmes.

La respuesta fue un estallido de risa.

—Pero ¿tú no comprendes, bandido —exclamó Beautrelet—, que yo he tomado mis precauciones? ¿Entonces te imaginas que soy lo suficientemente ingenuo para haber enviado tontamente, estúpidamente, a mi padre a su casa, a la casita aislada que ocupaba en pleno campo? —Una risa irónica animaba el rostro del joven. Una risa nueva sobre sus labios…, risa en la que se sentía la propia influencia de Lupin… Y aquel tuteo insolente que de súbito le ponía al mismo nivel de su adversario… Continuó:

—Ves, Lupin. Tu gran defecto es creer que tus combinaciones son infalibles. ¡Tú te declaras vencido! ¡Qué broma! Estás persuadido de que, a fin de cuentas, y siempre, saldrás triunfante…, y te olvidas que los otros pueden tener también sus combinaciones. La mía es muy simple.


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