Arsenio Lupin y la Aguja Hueca
Arsenio Lupin y la Aguja Hueca Resultaba delicioso oírle hablar. Iba y venía por la estancia con las manos en los bolsillos, con la fanfarronería y la desenvoltura de un chico que hostiga a la bestia encadenada. Verdaderamente, a esa hora estaba vengando, con la más terrible de las venganzas, a todas las víctimas del gran aventurero. Y concluyó:
—Lupin, mi padre no está en Saboya. Está en el otro extremo de Francia, en el centro de una gran ciudad, guardado por veinte de nuestros amigos, que tienen orden de no dejar de vigilarle hasta que termine nuestra batalla. ¿Quieres que te dé detalles? Está en Cherbourg, en casa de uno de los empleados del arsenal…, arsenal que está cerrado de noche y donde no se puede penetrar de día sino con una autorización y en compañía de un guía.
Se había detenido frente a Lupin y le provocaba, como un niño que hace una mueca a un compañero.
—¿Qué dices a eso, maestro?
Desde hacía unos momentos, Lupin permanecía inmóvil. No movía ni un solo músculo de su rostro. ¿Qué pensaba? ¿Qué resolución iba a adoptar? Para cualquiera que conociese la violencia feroz de su orgullo, sólo un desenlace era posible: el hundimiento total, inmediato y definitivo de su enemigo. Sus dedos se crisparon. Por un segundo tuve la sensación de que iba a arrojarse sobre él y estrangularle.