Arsenio Lupin y la Aguja Hueca
Arsenio Lupin y la Aguja Hueca —¿Qué dices a eso, maestro? —repitió Beautrelet.
Lupin tomó el telegrama que estaba sobre la mesa, se lo tendió, y, completamente dueño de sí mismo, dijo:
—Toma, niño; lee esto.
Beautrelet se puso serio, impresionado de repente por la suavidad del gesto de Lupin. Desplegó el papel y seguidamente, alzando la mirada, murmuró:
—¿Qué significa esto?… No comprendo nada…
—Comprenderás muy bien la primera palabra —respondió Lupin—. La primera palabra del telegrama…, es decir, el nombre del lugar desde donde fue expedido… Mira… Cherbourg…
—Sí…, sí… —balbució Beautrelet—. Sí… Cherbourg…, ¿y después?