Arsenio Lupin y la Aguja Hueca
Arsenio Lupin y la Aguja Hueca »Sobre esto, yo recordé y comprendí. Unos días antes, yo había leído en un número del periódico Vigié de Dieppe que una joven pareja de norteamericanos que pasaban una temporada en Envermeu, se habían envenenado por su propia voluntad y que la misma noche de su muerte desaparecieron los cadáveres de ambos. Corrí a Envermeu. La historia era verdadera, me dijeron, salvo en lo que se refería a la desaparición, pues fueron los propios hermanos de las dos víctimas quienes acudieron a reclamar los cadáveres y se los llevaron después de las comprobaciones habituales. Esos hermanos nadie duda que no se llamaran Arsenio Lupin y socios.
»Por consiguiente, la pincha queda hecha. Sabemos el motivo por el cual Lupin simuló la muerte de la joven y acreditó el rumor de su propia muerte. Está enamorado y no quiere que se sepa. Y para que no se sepa, no retrocede ante nada, y llega incluso a emprender ese increíble robo de los dos cadáveres que necesita para que representen su persona y la de la señorita de Saint-Véran. Así quedará tranquilo. Nadie puede inquietarlo. Nadie sospechará la verdad que él quiere ahogar.