Arsenio Lupin y la Aguja Hueca
Arsenio Lupin y la Aguja Hueca «Señor Director: No pretendo en modo alguno que mi modesta personalidad, que, ciertamente, en tiempos más heroicos hubiera pasado completamente inadvertida, no adquiera algún relieve en nuestra época de abulia y mediocridad. Pero hay un límite que la curiosidad malsana de las multitudes no podría rebasar, bajo pena de deshonrosa indiscreción. Si ya no se respetan los muros de la vida privada, ¿cuál será, entonces, la salvaguardia de los ciudadanos?
»¿Se invocará el interés superior de la verdad? Vano pretexto a mi respecto, puesto que la verdad es ya conocida y no opongo dificultad alguna para escribir sobre la misma la confesión oficial. Sí, la señorita de Saint-Véran está viva. Sí, yo la amo. Sí, tengo la pena de no ser amado por ella. Sí, la investigación del joven Beautrelet es admirable, en cuanto a precisión y justeza. Sí, nosotros estamos de acuerdo sobre todos los puntos. Ya no queda, pues, enigma alguno. Bien…, ¿y entonces?