Arsenio Lupin y la Aguja Hueca

Arsenio Lupin y la Aguja Hueca

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Beautrelet tomó el tren de París en la estación más cercana. Dos días más tarde, después de tres visitas infructuosas, encontró al fin a Luis Valméras. Era un hombre de unos treinta años, de rostro franco y simpático. Beautrelet, juzgando inútil el fingir, se dio a conocer claramente y le contó sus esfuerzos y el objeto de su gestión.

—Todo me hace creer —concluyó— que mi padre está encarcelado en el castillo de la Aguja en compañía, sin duda, de otras víctimas. Y yo vengo a preguntarle a usted qué es lo que sabe de su inquilino, el barón Anfredi.

—No sé gran cosa. Conocí al barón Anfredi el invierno pasado en Monte Carlo. Habiéndose enterado él por casualidad que yo era propietario de un castillo y como quiera que el deseaba pasar una temporada en Francia, me hizo el ofrecimiento de alquilármelo.

—Es un hombre todavía joven…

—Sí, con una mirada muy enérgica y el cabello rubio.

—¿Usa barba?

—Sí, una barba terminada en dos puntas que caen sobre un cuello postizo abrochado por detrás como el cuello de un eclesiástico.

—Es él —murmuró Beautrelet—. Es él, tal como yo le he visto. Son sus señas exactas.

—¡Cómo! ¿Cree usted?…


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