Arsenio Lupin y la Aguja Hueca

Arsenio Lupin y la Aguja Hueca

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—No sólo creo sino que estoy seguro de que el inquilino de usted no es otro que Arsenio Lupin.

Aquella historia le hizo mucha gracia a Luis Valméras. Conocía todas las aventuras de Lupin y las peripecias de su lucha contra Beautrelet. Se frotó las manos alegremente. El castillo de la Aguja iba a hacerse célebre…

—Solamente —dijo Valméras— le pido a usted que proceda con la mayor prudencia. Porque ¿si resultara que mi inquilino no es Arsenio Lupin?

Beautrelet le expuso su plan. Iría él solo, por la noche, saltaría por encima de la muralla y se escondería en el parque…

Luis Valméras le detuvo en el acto.

—Usted no puede saltar tan fácilmente unas murallas de esa altura. Y aunque usted lo lograra, sería recibido por dos enormes perros que pertenecen a mi madre y que yo he dejado en el castillo.

—¡Bah! Con unas bolitas…

—No, muchas gracias. Pero supongamos que usted se libra de los perros. ¿Y después? ¿Cómo entra usted en el castillo? Las puertas son macizas, las ventanas tienen enrejados. Y, además, una vez que haya entrado, ¿quién le guiará por el castillo? Hay veinticuatro habitaciones.

—Sí, pero esta habitación a que me refiero tiene dos ventanas, en el segundo piso…


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