Arsenio Lupin y la Aguja Hueca
Arsenio Lupin y la Aguja Hueca —Yo la conozco. La llamamos la habitación de las glicinas. Pero ¿cómo la encontrará usted? Hay tres escaleras y un verdadero laberinto de pasillos. De nada valdrÃa que yo le explicara a usted el camino que tendrÃa que seguir. Usted se perderÃa lo mismo…
—Entonces vaya usted conmigo —dijo Beautrelet, riendo.
—Imposible. Le he prometido a mi madre reunirme a ella en el Sur.
Beautrelet emprendió el camino de regreso al hotel donde se hospedaba y comenzó sus preparativos. Pero hacia el final del dÃa recibió la visita de Valméras.
—¿Quiere usted todavÃa que le ayude? —dijo Valméras.
—¡Que si lo quiero!
—Pues bien: yo le acompañaré. SÃ, esa expedición me atrae. Creo que no vamos a aburrirnos y me hace gracia verme mezclado en todo eso… Mire: aquà tiene ya un principio de colaboración.
Y mostró una gruesa llave llena de herrumbre y de aspecto venerable.
—Y esta llave, ¿qué abre?… —preguntó Beautrelet.
—Una pequeña poterna disimulada entre dos contrafuertes, abandonada desde hace siglos, y que yo ni siquiera creà deber indicarle a mi inquilino. Da al campo, precisamente al lindero del bosque…