Arsenio Lupin y la Aguja Hueca

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Beautrelet le interrumpió bruscamente:

—Ellos conocen esa salida. Es evidentemente por allí que el individuo a quien yo seguí penetró en el parque. ¡Vamos! Es una bonita partida, y nosotros la ganaremos. Pero, diablos, hay que jugar con mucho tiento.

Dos días más tarde, al paso de un caballo famélico, llegaba a Crozant un carro de feriantes cargado de gitanos y cuyo conductor obtuvo autorización para acampar al extremo de la aldea bajo un antiguo cobertizo.

Además del conductor, que no era otro que Valméras, había tres jóvenes que se dedicaban a trenzar butacas con varas de mimbre. Eran Beautrelet y dos de sus camaradas.

Permanecieron allí tres días en espera de una noche propicia y rondando aisladamente por los alrededores del parque. Una vez, Beautrelet percibió la poterna. Situada entre dos contrafuertes, detrás del velo de zarzas que la disimulaba, casi se confundía con el diseño formado por las piedras de la muralla. Por fin, al cuarto día, el cielo se cubrió de espesas nubes negras, y Valméras decidió ir a realizar un reconocimiento del terreno, pero dispuestos a regresar rápidamente si las circunstancias no eran favorables.


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