Arsenio Lupin y la Aguja Hueca

Arsenio Lupin y la Aguja Hueca

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Los cuatro cruzaron el pequeño bosque. Luego, Beautrelet trepó por entre los brezos, se desgarró las manos en el seto de espinos e irguiéndose a medias, lentamente, introdujo la llave en la cerradura. Despacio la hizo girar. La puerta se abrió sin rechinar, sin sacudidas. Se encontraba dentro del parque.

—¿Ya está usted dentro, Beautrelet? —preguntó desde el exterior Valméras—. Ahora espéreme. Y ustedes dos, amigos míos, vigilen la puerta para que no nos quede cortada la retirada.

Tomó de la mano a Beautrelet y se internaron en las densas sombras de la espesura. En ese momento, un rayo de luna se filtró entre las nubes y divisaron el castillo con sus torrecillas puntiagudas, dispuestas en torno a aquella flecha aguda, a la cual, sin duda, el castillo debía su nombre. No había ninguna luz en las ventanas. Ni se oía ruido alguno. Valméras agarró del brazo a su compañero.

—¡Cállese! —le ordenó.

—¿Qué ocurre?

—Los perros están allí…, ve usted…

Se escucharon unos gruñidos. Valméras silbó muy bajo. Dos siluetas blancas surgieron en la oscuridad y en cuatro saltos vinieron a situarse a los pies del amo…

—Hola, los dos… buenos chicos…, quietos…, acostaos ahí…, bueno…, ya no os mováis…


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