Arsenio Lupin y la Aguja Hueca

Arsenio Lupin y la Aguja Hueca

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Y le dijo a Beautrelet:

—Ahora ya estoy tranquilo.

—¿Está usted seguro del camino?

—Sí. Ahora nos acercamos a la terraza. En la planta baja hay una contraventana que cierra mal y que se puede abrir desde el exterior.

En efecto, cuando llegaron, tras un ligero esfuerzo, la contraventana cedió. Con la punta de un diamante, Valméras cortó un cristal. Hizo girar el pestillo. Uno tras otro penetraron por el balcón. Estaban dentro del castillo.

—La estancia donde nos encontramos —dijo Valméras— se halla al extremo del pasillo. Luego hay un vestíbulo inmenso ornado de estatuas, y al final una escalera que conduce a la habitación ocupada por su padre.

Dio un paso adelante.

—¿Viene usted, Beautrelet?

—Sí. Sí.

—Pero no…, usted no viene… ¿Qué le ocurre?

—¡Tengo miedo!…

—¿Tiene usted miedo?

—Sí —confesó Beautrelet ingenuamente—. Mis nervios flaquean…, a menudo logro dominarlos…, pero hoy el silencio…, la emoción… Y además, desde la puñalada que me dio el secretario… Pero ya pasará…, ya pasará…, mire, ya pasa…


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