Arsenio Lupin y la Aguja Hueca

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Consiguió, en efecto, dominarse, y Valméras le llevó fuera de la estancia. Siguieron a tientas por un pasillo tan suavemente que ninguno de ellos percibía la presencia del otro. Una débil luz parecía iluminar el vestíbulo hacia el cual se dirigían, Valméras asomó la cabeza. Era una lamparilla colocada en el fondo de la escalera, sobre un velador que se divisaba a través de las menudas ramas de una palmera.

—¡Alto! —susurró Valméras.

Cerca de la lamparilla había un hombre de centinela, en pie y con un rifle. ¿Los habría visto? Quizá. Cuando menos, algo le inquietó, pues se echó el arma a la cara para disparar.

Beautrelet había caído de rodillas contra la caja donde estaba plantado un arbusto y permanecía inmóvil, mientras el corazón parecía haberse desbocado dentro de su pecho.

Sin embargo, el silencio y la inmovilidad de las cosas tranquilizaron al centinela y éste bajó el arma. Pero su cabeza permaneció vuelta hacia la caja del arbusto.

Transcurrieron diez, quince minutos espantosos. Un rayo de luna se había filtrado por una ventana de la escalera. Y, de pronto, Beautrelet se dio cuenta de que aquel rayo iba desplazándose y que antes de otros quince o de otros diez minutos caería directamente sobre él, iluminando completamente su cara.


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