Arsenio Lupin y la Aguja Hueca
Arsenio Lupin y la Aguja Hueca De su rostro y sobre sus manos temblorosas comenzaron a caer gruesas gotas de sudor. Su angustia era tal, que estuvo a punto de incorporarse y echar a correr… Pero recordando que Valméras estaba también allÃ, le buscó con la mirada y quedó estupefacto al ver, o más bien adivinar, que se arrastraba entre las tinieblas. Estaba ya a punto de alcanzar el fondo de la escalera a la altura y a unos pasos del centinela.
¿Qué iba a hacer? ¿Pasar fuese como fuese? ¿Subir él solo para liberar al prisionero? Pero ¿lograrÃa pasar? Beautrelet ya no le veÃa y tenÃa la impresión de que algo iba a ocurrir, algo que el silencio más pesado y más terrible parecÃa presentir también.
Y de pronto, una sombra saltó sobre el centinela, se apagó la lamparilla, se escuchó el ruido de lucha… Beautrelet acudió allÃ. Los dos cuerpos habÃan rodado por el suelo sobre las losas. Iba a inclinarse, pero escuchó un gemido ronco, un suspiro, e inmediatamente uno de los adversarios se levantó.
—Pronto… Vamos.
Era Valméras.
Subieron dos pisos y desembocaron en la entrada de un pasillo cuyo suelo estaba cubierto con una alfombra.
—A la habitación —susurró Valméras—. La cuarta habitación del lado izquierdo.