Arsenio Lupin y la Aguja Hueca
Arsenio Lupin y la Aguja Hueca Pronto encontraron la puerta de aquella habitación. Conforme ya lo esperaban, el prisionero estaba encerrado bajo llave. Necesitaron medía hora de esfuerzos agotadores y de sordos intentos para forzar la cerradura. Al fin penetraron en la habitación. A tientas, Beautrelet descubrió la cama. Su padre dormía. Lo despertó suavemente.
—Soy yo…, Isidoro…, y un amigo… No temas nada…, levántate…, ni una palabra…
El padre se vistió, pero en el momento de salir les dijo en voz baja:
—Yo no estoy solo en este castillo…
—¡Ah! ¿Quién más está? ¿Ganimard? ¿Sholmes?
—No… Cuando menos yo no los he visto.
—¿Entonces?
—Una joven.
—¿La señorita de Saint-Véran, sin duda alguna?
—No sé… Yo la he divisado desde lejos varias veces en el parque…, y, además, inclinándome por mi ventana veo la suya… Y ella me ha hecho señales.
—¿Tú sabes dónde está su habitación?
—Sí, en este pasillo, a la derecha.
—La habitación azul —murmuró Valméras—. La puerta tiene dos hojas. Nos costará menos trabajo.