Arsenio Lupin y la Aguja Hueca
Arsenio Lupin y la Aguja Hueca Muy pronto, en efecto, una de las hojas de la puerta cedió. Fue el padre de Beautrelet quien se encargó de avisar a la joven.
Diez minutos después salÃa con ella de la habitación y le decÃa a su hijo:
—TenÃas razón… Es la señorita de Saint-Véran.
Beautrelet reconoció a la joven. Estaba pálida y parecÃa muy cansada. Isidoro no perdió tiempo en hacerle preguntas. Bajaron los cuatro. Al fondo de la escalera Valméras se detuvo y se inclinó sobre el centinela, y luego, conduciéndolos hacia la habitación de la terraza, dijo:
—Está muy bien.
—¡Ah! —exclamó Beautrelet con un suspiro de alivio.
—Lo golpeé lo más suavemente posible.