Arsenio Lupin y la Aguja Hueca

Arsenio Lupin y la Aguja Hueca

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Esta primera victoria no podía bastarle a Beautrelet. Una vez que hubo instalado a su padre y a la joven, los interrogó sobre las personas que residían en el castillo y en particular sobre las costumbres de Arsenio Lupin. Y se enteró entonces de que Lupin no venía allí más que cada tres o cuatro días. Llegaba por la tarde en automóvil y volvía a marcharse por la mañana. En cada uno de esos viajes hacía una visita a los dos prisioneros, y éstos convinieron en alabar las consideraciones de Lupin para con ellos y su extrema afabilidad. Por el momento no debía encontrarse en el castillo.

—Pero sus cómplices sí están —dijo Beautrelet—. Son unas piezas de caza que no hay que desdeñar. Y si no perdemos tiempo…

Saltó sobre una bicicleta, se dirigió al burgo de Eguzon y al llegar allí despertó a la gendarmería, puso a todo el mundo en movimiento, hizo sonar la botasilla y regresó a Crozant a las ocho de la mañana, seguido del brigadier y de seis gendarmes.

Dos de estos últimos quedaron de guardia cerca del carro de los gitanos. Otros dos se situaron delante de la poterna. Y los restantes, al mando de su jefe y acompañados de Beautrelet y de Valméras, se dirigieron hacia la entrada del castillo. Era demasiado tarde. La puerta estaba abierta de par en par. Un campesino les dijo que una hora antes había visto salir del castillo un automóvil.


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