Arsenio Lupin y la Aguja Hueca

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De hecho, las pesquisas realizadas en el castillo no dieron ningún resultado. Según todas las probabilidades, la banda debía haberse instalado en el castillo en campo volante. Encontraron algunos trajes, una poca ropa blanca, utensilios de cocina y eso era todo.

Lo que más sorprendió a Beautrelet y Valméras fue la desaparición del herido. No lograron descubrir la menor huella de lucha, ni siquiera una gota de sangre sobre las losas del vestíbulo.

En resumen, ningún testimonio material podía probar el paso de Lupin por el castillo de la Aguja, y hubiera habido un absoluto derecho a rechazar las afirmaciones de Beautrelet y de su padre, de Valméras y de la señorita de Saint-Véran, de no haber sido porque al fin acabaron por descubrir, en una habitación contigua a la que ocupaba la joven, media docena de ramos de flores admirables a los cuales figuraban unidas tarjetas de Arsenio Lupin. Ramos desdeñados por ella, marchitos, olvidados… Junto a uno de ellos, además de la tarjeta, figuraba una carta que Raimunda no había visto. Por la tarde, cuando esa carta fue abierta por el juez de instrucción, se encontraron diez páginas de súplicas, de ruegos, de promesas, de amenazas, de desesperación…, toda la locura de un amor que no ha conocido más que el desprecio y la repulsa. La carta terminaba así: «Yo vendré el martes por la tarde, Raimunda. De aquí allá reflexione usted. Por mi parte, yo estoy resuelto a todo».


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