Arsenio Lupin y la Aguja Hueca

Arsenio Lupin y la Aguja Hueca

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El martes por la tarde era precisamente la propia tarde del día en que Beautrelet acababa de libertar a la señorita de Saint-Véran.

Se recuerda aún la formidable explosión de sorpresa y de entusiasmo que se produjo en el mundo entero con la noticia de aquel desenlace imprevisto. ¡La señorita de Saint-Véran, libre! ¡La joven, arrancada a las garras de Lupin! ¡Y libre también el padre de Beautrelet, aquél que Lupin, en su deseo exagerado de un armisticio que necesitaban las exigencias de su pasión, había escogido como rehén! ¡Libres los dos!

Y el secreto de la Aguja, que se había creído impenetrable, era ahora conocido y publicado por todos los rincones del mundo.

En verdad, las multitudes se divertían. Se hicieron canciones sobre el aventurero vencido, tales como «Los sollozos de Arsenio»…, «Los lamentos del ratero»… Y esto se cantaba en los bulevares de Francia y se tarareaba en los talleres.




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