Arsenio Lupin y la Aguja Hueca
Arsenio Lupin y la Aguja Hueca Acosada a preguntas, perseguida por los entrevistadores de Prensa, Raimunda respondió con la mayor reserva. Pero la carta estaba allí, y los ramos de flores, y toda la lastimosa aventura. Lupin, befado, ridiculizado, se desplomaba de su pedestal. Y Beautrelet pasó a ser el ídolo. Él lo había visto todo, previsto todo, aclarado todo. La declaración que la señorita de Saint-Véran hizo ante el juez de instrucción respecto a su secuestro confirmó la hipótesis que había imaginado el joven. En todos los puntos, la realidad parecía someterse a lo que él decretaba por anticipado. Lupin había encontrado la horma de su zapato.
Beautrelet exigió que su padre, antes de regresar a sus montañas de Saboya, se tomara unos meses de descanso al sol, y él mismo lo llevó, así como a la señorita de Saint-Véran, a los alrededores de Niza, donde el conde de Gesvres y su hija Susana estaban ya instalados para pasar el invierno. Dos días después, Valméras llevó allí también a su madre cerca de sus nuevos amigos y todos ellos formaron una pequeña colonia agrupada en torno al palacete de Gesvres, y la cual estaba vigilada día y noche por media docena de hombres contratados por el conde.