Arsenio Lupin y la Aguja Hueca

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Pero una apoteosis encantadora y sencilla, por cuanto Beautrelet era el héroe. Su presencia bastó para poner las cosas en su punto. Se mostró modesto como de ordinario, un poco sorprendido por los vítores excesivos y un poco turbado por los elogios hiperbólicos en los cuales se afirmaba su superioridad sobre los más ilustres policías… Sí, un poco turbado, pero también muy emocionado. Lo manifestó así en breves palabras, que agradaron a todos y que pronunció con el rubor de un niño que enrojece cuando lo miran. Expresó su alegría y su orgullo. Y verdaderamente, por muy razonable, por muy dueño de sí que fuese, conoció en esa ocasión momentos de embriaguez inolvidables. Sonreía a sus amigos, a sus camaradas del instituto Janson, a Valméras, venido especialmente para aplaudirlo; al señor de Gesvres, a su padre.

Pero en el momento en que estaba terminando de hablar y tenía aún su copa en la mano, se oyó un ruido de voces en el extremo del salón y se vio a alguien que gesticulaba agitando un periódico. Se restableció el silencio, el importuno volvió a sentarse, pero un estremecimiento de curiosidad se propagó por toda la mesa. El periódico pasaba de mano en mano y cada vez que uno de los invitados echaba su mirada sobre la página marcada prorrumpía en exclamaciones.

—¡Que lo lean…, que lo lean! —gritaban del lado opuesto de la mesa.


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