Arsenio Lupin y la Aguja Hueca
Arsenio Lupin y la Aguja Hueca Entraron todos juntos. El director, avisado inmediatamente, se puso a su entera disposición, los llevó delante de la vitrina y les mostró un modesto volumen, sin el menor ornamento, y que, en verdad, nada tenía de objeto perteneciente a la realeza. No obstante, a todos invadió cierta emoción ante el aspecto de aquel libro que las manos de la reina habían tocado en días tan trágicos y que sus ojos enrojecidos por las lágrimas había contemplado… No se atrevieron a tomarlo y hojearlo, cual si hubieran tenido la impresión de un sacrilegio…
—Beautrelet, ésa es una tarea que le incumbe a usted.
Tomó el libro con gesto ansioso. La descripción correspondía exactamente a la que el autor del folleto había dado. Primero una cubierta de pergamino, un pergamino sucio, ennegrecido, usado en algunas partes, y, por debajo, la verdadera encuadernación en cuero rígido.
¡Con qué estremecimiento buscó Beautrelet el bolsillo disimulado! ¿Sería eso una fábula? ¿O bien encontraría allí aún el documento escrito por Luis XVI y legado por la reina a su ferviente amigo?
En la primera página, sobre la parte superior del libro, no había bolsillo alguno secreto.
—Nada —murmuró Beautrelet.