Arsenio Lupin y la Aguja Hueca

Arsenio Lupin y la Aguja Hueca

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Todos, unos tras otros, tomaron la hoja en sus manos, y el mismo grito se escapó de cada uno: «María Antonieta… Arsenio Lupin». Quedaron sumidos en el silencio. Aquella doble firma, aquellos dos nombres acoplados, descubiertos en el fondo del devocionario, aquella réplica en la que dormía desde hacía más de un siglo la llamada desesperada de la pobre reina, aquella fecha horrible, el 16 de octubre de 1793, fecha en que cayó la cabeza real…, tenía todo un carácter trágico desconcertante.

«Arsenio Lupin», balbució una de las voces, subrayando así cuanto había de desconcertante en ver ese nombre diabólico al fondo de la hoja sagrada.

—Sí, Arsenio Lupin —repitió Beautrelet—. El amigo de la reina no supo comprender la llamada desesperada de la agonizante. Vivió con el recuerdo que le había enviado aquella a quien él amaba, pero no pudo adivinar la razón de ese recuerdo. Lupin…, él sí lo descubrió todo… Y se lo llevó.

—¿Se llevó el qué?

—¡El documento, pardiez! El documento escrito por Luis XVI, y es aquel mismo que yo tuve entre mis manos. El mismo aspecto, la misma forma, los mismos sellos rojos. Ya comprendo ahora por qué Lupin no ha querido dejarme un documento del cual yo podía sacar partido por el exclusivo examen del papel, los sellos, etcétera.

—¿Y entonces?


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