Arsenio Lupin y la Aguja Hueca
Arsenio Lupin y la Aguja Hueca «El campo de investigaciones», conforme a la frase del fiscal suplente, se limitaba al espacio comprendido entre el castillo y el césped de la derecha y el ángulo formado por el muro de la izquierda y por el muro opuesto al castillo; es decir, un cuadrilátero de alrededor de cien metros de lado donde aquí y allá surgían las ruinas de Ambrumésy, el tan célebre monasterio de la Edad Media.
Inmediatamente sobre la hierba pisoteada se observó el paso del fugitivo. En dos lugares se descubrieron huellas de sangre ennegrecida, ya casi seca. Después de la curva de la arcada, que marcaba la extremidad del claustro, ya no había nada, pues la naturaleza del suelo, tapizado de agujas de pino, no se prestaba a registrar la huella de ningún cuerpo. Pero, entonces, ¿cómo el herido había podido escapar a la vista de la joven, de Víctor y de Alberto? Unas malezas, que los criados y los gendarmes habían registrado, y unas piedras sepulcrales bajo las cuales habían buscado…, y eso era todo.