Arsenio Lupin y la Aguja Hueca
Arsenio Lupin y la Aguja Hueca El juez de instrucción mandó al jardinero, que tenía la llave, que le abriera la Capilla Divina, verdadera joya de la escultura, que el tiempo y las revoluciones habían respetado, y que siempre fue considerada, con las finas cinceladuras de su pórtico y la menuda multitud de sus estatuillas, como una de las maravillas del estilo gótico normando. La capilla, muy simple en su interior, sin ningún otro ornamento que su altar de mármol, no ofrecía ningún refugio. Por lo demás, en primer lugar, hubiera sido necesario introducirse en ella. ¿Y por qué medio?
La inspección llegó hasta la pequeña puerta que servía de entrada a los visitantes de las ruinas. Aquélla daba al camino hondo y cerrado entre el recinto y un bosque cortado con frecuencia, donde se veían canteras abandonadas. El señor Filleul se inclinó: el polvo del camino presentaba marcas de neumáticos con cubiertas antideslizantes. De hecho, Raimunda y Víctor habían creído oír, después del disparo de escopeta, el ronquido de un auto. El juez de instrucción insinuó:
—Seguramente el herido se reunió con sus cómplices.
—Imposible —exclamó Víctor—. Yo estaba allí, mientras la señorita y Alberto lo veían aún.
—Bueno, pero es preciso que ese individuo se encuentre en alguna parte. O está dentro o está fuera.