Arsenio Lupin y la Aguja Hueca

Arsenio Lupin y la Aguja Hueca

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—Está aquí —dijeron los criados con terquedad. El juez se encogió de hombros y se volvió hacia el castillo con bastante calma. Decididamente, el asunto se presentaba mal. Con un robo en el que nada había sido robado y un prisionero invisible, la cosa no era para sentirse muy satisfecho.

Era tarde. El señor de Gesvres invitó a los magistrados a almorzar, así como a los dos periodistas. Comieron en silencio, y luego el señor Filleul regresó al salón, donde interrogó a los criados. Pero por el lado del patio resonó el trote de un caballo, y un momento después el gendarme a quien habían enviado a Dieppe penetró en la estancia.

—Bien. ¿Ha visto usted al sombrerero? —exclamó el juez, impaciente por obtener al fin algún informe.

—La gorra le fue vendida a un chofer.

—¡A un chofer!

—Sí, a un chofer que se detuvo con su coche delante del establecimiento y que preguntó si podían proporcionarle para un cliente suyo una gorra de chofer de cuero amarillo. Quedaba ésta. La pagó sin siquiera preocuparse de la medida y se marchó. Tenía mucha prisa.

—¿Y de qué clase era el coche?

—Un cupé de cuatro asientos.

—¿Y qué día fue eso?

—¿Qué día? Pues esta misma mañana.


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