Arsenio Lupin y la Aguja Hueca
Arsenio Lupin y la Aguja Hueca —¡Arrancadas! ¡Dos páginas! Las páginas siguientes… Mire las huellas…
Temblaba, sacudido por la rabia y la decepción. Massiban se inclinó sobre el libro, y dijo:
—Es verdad…, quedan los bordes de las dos páginas, como cartivanas de encuadernador. Las huellas parecen bastante frescas. No fueron cortadas, sino arrancadas…, arrancadas violentamente… Mire, todas las páginas del final muestran señales de arrugamiento.
—Pero ¿quién…, quién? —gemÃa Isidoro, retorciéndose las manos—. ¿Un criado…, un cómplice?
—Esto puede haber ocurrido a pesar de todo hace ya meses —observó Massiban.
—No obstante…, es preciso que alguien haya descubierto…, haya tomado el libro… Veamos, usted, señor —exclamó Beautrelet, apostrofando al barón—. ¿Usted no sabe nada?… ¿No sospecha usted de nadie?
—PodrÃamos preguntarle a mi hija.
—SÃ, sÃ…, eso es.
El señor de Vélines llamó a su criado. Unos minutos después entró la señora de Villemon. Era una mujer joven, con rostro de dolorida y resignada expresión. Inmediatamente, Beautrelet le preguntó:
—¿Encontró usted este libro en la biblioteca, señora?
—SÃ, en un paquete de volúmenes que no estaba desatado.