Arsenio Lupin y la Aguja Hueca
Arsenio Lupin y la Aguja Hueca —Pues bien: hable usted, señora, hable, se lo suplico. Esas revelaciones son de una importancia excepcional. Hable, se lo ruego, los minutos no se recobran nunca. La aguja hueca…
—¡Oh!, es muy simple, la aguja hueca quiere decir…
En ese momento entró un criado, y anunció:
—Una carta para la señora…
—¡Cómo! Pero si ya vino el cartero.
—Fue un chico quien me la entregó.
La señora de Villemon abrió el sobre, leyó la carta y se llevó la mano al corazón, a punto de desplomarse, poniéndose repentinamente lÃvida y con expresión aterrada.
El papel habÃa caÃdo al suelo. Beautrelet lo recogió y, sin siquiera disculparse, lo leyó a su vez:
Cállese usted…; si no, su hijo no se despertará…
—Mi hijo…, mi hijo… —balbució ella, sintiéndose tan débil que era incapaz de acudir en auxilio de aquel a quien se amenazaba.
Beautrelet la tranquilizó:
—Esto no es en serio…, es una broma…; veamos, ¿quién podrÃa tener interés…?
—A menos —insinuó Massiban— que no sea Lupin.