Arsenio Lupin y la Aguja Hueca

Arsenio Lupin y la Aguja Hueca

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Beautrelet le hizo seña de que se callara. Él lo sabía bien, caray, que el enemigo estaba allí, de nuevo, atento y resuelto a todo, y es por ello que quería arrancarle a la señora de Villemon las palabras supremas, tan largo tiempo esperadas, y arrancárselas inmediatamente, en aquel mismo instante.

—Se lo suplico, señora, tranquilícese usted…; no hay ningún peligro…

¿Hablaría ella ahora? Él lo creyó, lo esperó. Ella balbució unas sílabas. Pero la puerta se abrió de nuevo. Esta vez era la sirvienta quien entró. Parecía trastornada.

—El niño Jorge…, señora…, el niño Jorge…

Súbitamente, la madre recuperó todas sus fuerzas. Y más rápida que todos los presentes, impulsada por un instinto que no la engañaba, corrió escaleras abajo, cruzó el vestíbulo y se dirigió a la terraza. Allí, sobre una butaca, el pequeño Jorge estaba tendido inmóvil.

—Bueno…, qué…, está durmiendo…

—Se durmió de repente, señora —dijo la sirvienta—. Yo quise impedirlo, llevarle a su habitación. Pero él dormía ya y sus manos…, sus manos estaban frías.


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