Arsenio Lupin y la Aguja Hueca

Arsenio Lupin y la Aguja Hueca

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—Frías… —balbució la madre—, sí, es verdad… ¡Ah! ¡Dios mío, Dios mío!… el caso es que se despierte…

Beautrelet deslizó sus dedos en uno de sus bolsillos, cogió la culata de su revólver, puso el índice sobre el gatillo, sacó bruscamente el arma e hizo fuego sobre Massiban.

Anticipándose, como si hubiera estado espiando los ademanes del joven, Massiban había esquivado el golpe. Pero ya Beautrelet se había arrojado sobre él, gritándole a los criados:

—¡A mí!…, ¡es Lupin!…

Por la violencia del choque, Massiban fue derribado sobre una de las butacas de mimbre.

Al cabo de siete u ocho segundos, se levantó, dejando a Beautrelet aturdido, sofocante. Y entre sus manos tenía ya el revólver del joven.

—Bien…, magnífico…; no te muevas…, tienes para dos o tres minutos…, no más. Pero, en verdad, te ha llevado tiempo reconocerme… Es preciso que yo le haya copiado muy bien la cabeza a Massiban…

Se irguió, y a plomo, sosteniéndose ahora firmemente sobre sus piernas, con el vigoroso torso y una actitud atemorizante, dijo con sorna, mirando a los tres criados petrificados y al barón desconcertado:


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