Arsenio Lupin y la Aguja Hueca
Arsenio Lupin y la Aguja Hueca Saludó de nuevo, dio las gracias al señor de Vélines por su hospitalidad, tomó su bastón, encendió un cigarrillo y ofreció otro al barón, saludó circularmente con el sombrero y le gritó a Beautrelet con tono protector: «Adiós, bebé». Y se marchó tranquilamente lanzando bocanadas de humo en la cara de los criados…
Beautrelet esperó unos minutos. La señora de Villemon, ya más tranquila, velaba a su hijo. Beautrelet se adelantó hacia ella para dirigirle un último ruego. Sus ojos se cruzaron. Y él no dijo nada. Había comprendido que, desde ahora, ella jamás hablaría. En su cerebro de madre, el secreto de la aguja hueca estaba todavía enterrado tan profundamente como en las tinieblas del pasado.
Entonces, Beautrelet renunció y marchóse.
Eran las diez y media. Había un tren que pasaba a las once y cincuenta. Lentamente siguió la avenida del parque y tomó el camino que le llevaría a la estación.
—Y bien, ¿qué dices de esta partida?
Era Massiban, o más bien Lupin, que surgía del bosque contiguo al camino.