Arsenio Lupin y la Aguja Hueca

Arsenio Lupin y la Aguja Hueca

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—¿Estaba bien combinada? Tu viejo camarada sabe bailar en la cuerda floja, ¿no? Estoy seguro de que aún no has recobrado el sentido y que te preguntas si el llamado Massiban, miembro de la Academia de Inscripciones y Bellas Letras, ha existido jamás. Pues sí, existe. Te lo haré ver, incluso, si te portas bien. Toma, mete el revólver en tu bolsillo y acompáñame hasta París…; te ofrezco un asiento en mi cuarenta caballos.

Se metió los dedos en la boca y silbó.

—¡Ya rió…, ya rió! —exclamó Lupin, saltando de alegría—. Ves, lo que te falta, bebé, es la sonrisa…; eres demasiado serio para tu edad…

Se plantó delante de él.

—Mira, apuesto a que te hago llorar. ¿Sabes cómo seguí tu investigación? ¿Cómo me enteré de la carta que Massiban te escribió y la cita que te dio para esta mañana en el castillo de Vélines? Por la charlatanería de tu amigo, ése con quien vives… Tú te confías a ese imbécil, y él va a tener prisa a confiárselo a un amigo… ¿Qué es lo que te tengo dicho? Y mira en qué situación te encuentras. Mira, tú eres encantador, pequeño… Por menos de nada te daría un beso…, pones para todo una mirada de asombro que me llega al alma…

Se escuchó el ronquido de un motor muy cerca. Lupin agarró bruscamente de un brazo a Beautrelet, y con tono lleno de frialdad y mirándole a los ojos le dijo:


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