Arsenio Lupin y la Aguja Hueca

Arsenio Lupin y la Aguja Hueca

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—Y ahora vas a estarte quietecito, ¿eh? Ya ves que no tienes nada que hacer. Entonces, ¿qué vas a sacar en limpio malgastando tus fuerzas y perdiendo el tiempo? Ya hay bastantes bandidos en el mundo… Corre detrás de ellos y déjame a mí en paz…, si no… Queda convenido así, ¿no es eso?

Sacudió por el brazo a Beautrelet para imponerle su voluntad. Luego añadió con acento irónico.

—Pero ¡qué imbécil soy! ¿Dejarme en paz tú? Tú no eres de los que claudican… ¡Ah!, no sé lo que me contiene de… En dos tiempos y tres movimientos te tendría amarrado, amordazado y… Y podría retirarme al tranquilo refugio que me han preparado mis abuelos, los reyes de Francia, y gozar de los tesoros que ellos tuvieron la gentileza de acumular para mí… Pero no, está escrito que yo tengo que meter la pata hasta el fin… ¿Qué le quieres? Uno tiene sus debilidades… Y yo siento debilidad por ti… Y además que… todavía no está hecho. De aquí a que hayas puesto el dedo en el hueco de la aguja tiene que correr mucha agua bajo los puentes… ¡Qué diablo! Yo, Arsenio Lupin, necesité diez días. Y tú necesitarás diez años. Hay mucha distancia, en verdad, entre nosotros dos.

El automóvil llegaba. Era un coche enorme, de carrocería cerrada.


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