Arsenio Lupin y la Aguja Hueca

Arsenio Lupin y la Aguja Hueca

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Lupin abrió la portezuela, y Beautrelet lanzó un grito. Dentro de la limusina había un hombre, y ese hombre era Lupin o, más bien, Massiban.

Beautrelet rompió a reír, comprendiendo todo ahora. Lupin le dijo:

—No te contengas, está bien dormido. Yo te había prometido que le verías. ¿Te explicas ahora las cosas? A eso de la medianoche, yo me enteré de vuestra cita en el castillo. A las siete de la mañana, yo ya estaba cerca del castillo. Y cuando pasó Massiban, no tuve más que apoderarme de él… Y luego, una pequeña inyección…, y ya estaba… Duerme, buen hombre… Te depositaremos sobre el talud… En pleno sol, para que no tengas frío… Y con el sombrero en la mano…, pidiendo una limosna por el amor de Dios… ¡Ah, mi buen Massiban, encárgate de Lupin!

Constituía una bufonada enorme el contemplar al uno frente al otro a los dos Massiban, uno dormido bamboleando la cabeza, y el otro serio, lleno de atención y de respeto.




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