Arsenio Lupin y la Aguja Hueca

Arsenio Lupin y la Aguja Hueca

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—Y ahora, muchachos, larguémonos a toda velocidad… Al coche, Isidoro… Más rápido, chofer, no vamos más que a ciento quince… ¡Ah!, Isidoro, y no te atrevas a decir que la vida es monótona, sino que la vida es una cosa adorable, hijo mío, solamente que hay que saber vivirla… y yo lo sé… No me digas que no era para morirse de risa hace un rato en el castillo, cuando tú charlataneabas con el viejo Vélines, y yo, pegado contra la ventana, arrancaba las páginas del libro histórico… Y después, cuando tú interrogabas a la señora de Villemon sobre la aguja hueca… ¿Hablaría ella? Sí, ella hablaría…; no, ella no hablaría…; sí…, no… A mí se me ponía la carne de gallina… Si ella hablaba, yo tendría que rehacer mi vida, toda la armazón quedaría destruida… ¿Llegaría a tiempo el criado? Sí…, no…, ahí está… Y Beautrelet, ¿no me desenmascarará? Jamás, es demasiado calabaza. Sí…, no…, ya está…, no, no está… Él me echa el ojo…, ya está… va a echar mano al revólver… ¡Ah, qué voluptuosidad!… Isidoro, tú hablas demasiado… Vámonos a dormir, ¿quieres? Yo me caigo de sueño… buenas noches.

Beautrelet le miró. Parecía estar ya casi dormido. Dormía ya.



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