Arsenio Lupin y la Aguja Hueca
Arsenio Lupin y la Aguja Hueca El automóvil, lanzado a través de la distancia, rodaba hacia un horizonte que parecía alcanzado a cada instante, pero que constantemente huía. Ya no había ni ciudades ni aldeas, ni campos ni bosques. Durante largo tiempo, Beautrelet observó a su compañero de viaje con ávida curiosidad y también con el deseo de penetrar, a través de la máscara que le cubría, su verdadero rostro. Y pensaba en las circunstancias que los encerraban así uno cerca del otro, en el estrecho recinto de aquel automóvil.
Pero después de las emociones y las decepciones experimentadas aquella mañana, cansado a su vez, él también se durmió.
Cuando se despertó, Lupin leía. Beautrelet se inclinó para ver el titulo del libro. Era Cartas a Lucillo, del filósofo Séneca.