Arsenio Lupin y la Aguja Hueca
Arsenio Lupin y la Aguja Hueca «Ardo de impaciencia —se repetÃa el joven—. El hecho de que las circunstancias me proporcionen un elemento nuevo de información es para confirmar mis suposiciones. Por un lado, la certidumbre absoluta en cuanto a las orillas del Sena, y por el otro, la certidumbre de la carretera nacional. Las dos vÃas de comunicación se reúnen en El Havre, la ciudad de Francisco I, la ciudad del secreto. Los lÃmites se estrechan. La ciudad de Caux no es extensa y sólo tengo que investigar la parte Oeste de la región. Lo que Lupin ha encontrado no existe razón alguna para que yo no lo encuentre también», no cesaba de decirse. Cierto es que Lupin debÃa de tener algunas ventajas importantes, quizá un profundo conocimiento de la región…, ventaja preciosa, dado que él, Beautrelet, desconocÃa totalmente aquella tierra.
Pero ¡qué importaba!
Aunque tuviera que consagrar diez años de su vida a aquella investigación, la llevarÃa a cabo. Lupin estaba allÃ. Lo veÃa. Lo adivinaba. Lo esperaba en aquella vuelta del camino, en la orilla de aquel bosque, a la salida de aquella aldea. Pero defraudado cada vez que tal pensaba, tal parecÃa que en cada decepción encontrase una razón más fuerte aún para obstinarse todavÃa más en su empresa.